lunes, 26 de agosto de 2013

Blanquecinos

La conocí un poco mejor a partir de aquella noche. Su novio estaba aun más gordo que yo, lo que ya era bastante. Cresta torcida y mechas en las puntas le daban ese aspecto que no le hacían pasar desapercibido, pero la quería, y mucho. Como nuestros anteriores encontronazos hablamos un poco, pero esta vez la cosa se intensificó, tanto que terminé en su casa, cantando una balada rancia de un tipo que tiene más barba que yo entre tragos de ron marca blanca. Se me acercaba de a poco, y en el vaivén para atrapar mis susurros desafinados dejaba entrever sus pechos blanquecinos tras la blanca camiseta con el borde recortado a tijera. Me puso el penúltimo trago sin yo decir nada al respecto y esperó a que terminara la canción y la copa con un extraño rictus que se podía deber a la tensión sexual o a los últimos tiros de cocaína que aun manchaban en parte su CD de Chayanne. Solté aquella guitarra y sólo noté lo desafinada que estaba al escuchar el ruido que hizo al chocar contra el suelo, torpe, como nuestros intentos de acercarnos. También estábamos desafinados y no nos dábamos cuenta. Peleábamos contra nosotros mismos, como dos púgiles de lucha libre artríticos. Al volver del baño la abrace por la espalda y su cabeza se echó hacia atrás, recorrí su vientre y me susurró: “tu siempre tan puntual”. Se aceleró todo, mis manos pasaron a estar bajo su camiseta, y su espalda a arquearse una y otra vez para enlazar besos del cuello a la boca. En los silencios anatómicos podía escucharse de fondo la respiración sorda de aquel proyecto de punk rocker que no sabía con quien compartía cama. Giró, y sus pezones bizcos se enfrentaron a los pelos de mi pecho. Despejado el terreno de aquellos artefactos de bazar, a los que ella llamaba complementos, se lanzó. En aquel mismo momento el tipo del pelo pollo debió girar su cuerpo sobre la cama, porque ya no sólo sonaban nuestros choques frontales sino que del fondo del pasillo llegaba un coro salido de las puertas del averno. Desperté en mi cama, solo, con la extraña sensación de creer que aquello no había sido un sueño. Intenté unir los pedazos de recuerdos que la noche y la química se habían encargado de confundir con artes de crupier desangelado. Ahora tengo fobia a pensar que aquel regusto de ti, era sólo mi imaginación, ahora quiero verte y comprobar si realmente todo puede ser así. (dedicado a mi gran amigo Fresus)

lunes, 12 de agosto de 2013

un tu a tu conmigo mismo

Ni el regusto del papel manchado mansamente después de cavilar un par de buenas líneas, ni los libros que devoro, ni las historias que invento de vez en cuando, ni la pornografía masturbatoria, ni los discos de blues que me embelesan. La ciudad quedó vacía de almas y confluencias, el regocijo sólo ha llegado cuando me he encontrado con algún conocido, las miradas perdidas no sacian, las tetas que observo rebotando en mis ratos de deporte no satisfacen. Falta la buena palabra como la buena copa, falta el rumor, la broma picara y el instinto grupal de conservación. Estoy solo. Me siento solo. Sin remedio.