jueves, 14 de marzo de 2013

Me

Solo parecía dar señales de vida la parca con su insistente llamada. Me dije a mi mismo todo aquello que no quería escuchar. Me odié un poco más. Me derramé por los registros pendencieros de la nocturnidad babilónica que aquel pueblo desbordado me ofrecía. Entonces me harté de la decadencia, de convertirme en el fetiche de barra, el pensador de Rodin con gin tonic. Llamé al testaferro y a la viuda. Pensé que era mejor defraudarlos a ellos y hacerlos esperar que cumplir con las expectativas que todos esperaban. Mandé un par de cartas junto a rosas de alejandrinas, y estas ordenaron mis versos según su nombre. Me decidí a poner en el punto de mira un corazón que no fuera el mío.

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