martes, 17 de septiembre de 2013
El Éxodo
Realidades caleidoscópicas y distorsión del calor. Así fue como pasé por el desierto. Cada paso costaba un poco más. Arrastraba un saco de arena en cada zapato. Tuve tiempo de rumiar, de masticar cada pensamiento. Hacerlos papilla y digerirlos como puñetazos al mentón. No eran ni aire, eran menos que nada, pero me dejaron sin fuerzas. Perdí la rabia y el sentido del humor, parece que en mi caso van cogidos de la mano. Aprendí que un abrecartas también puede ser un bisturí en casos de urgencias y hacer terapia de sangría cuando nadie estaba mirando. Pensé en irme de allí, llamar a alguno de los cuatro números de emergencia que tenía tatuados en la nalga izquierda, pero dos de ellos se habían borrado solos, un poco por arte de magia, como si nunca hubieran querido estar ahí. Me di cuenta que solo podía hacer una cosa, seguir. Acabar aquello que un día comenzaste aunque ya no recuerdes los motivos por los que te decidiste a hacerlo.
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