lunes, 15 de abril de 2013
Cabestros
Desde siempre le miraba con la ternura, se había acostumbrado a mirar hacia arriba con los ojos melosos de admiración. Él la llevaba de la mano allá a donde fuera y con los ojos enormes absorbía aquel entorno combativo con latencia de buscavidas. Aquello le llenaba de orgullo, su pequeña reía todas sus bromas, tomaba todo lo que él lo ofrecía, asentía y reprobaba todas y cada una de las cosas que se le ocurrían. El binomio se retroalimentaba y se volvía una extraña nebulosa donde todo giraba en torno a ellos, fuera eso real o no. Así la pequeña, ya no tan pequeña, repitió todos y cada uno de los errores que su “héroe” había cometido, no sólo porque lo quisiera imitar, sino porque él la empujaba a hacerlo. De la mano, sumidos en el caos, perdidos, obsoletos, egomaniatizados, solos. Cuando la sangre es el peor enemigo.
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