jueves, 4 de julio de 2013

Cuando la lluvia amenaza

Se puede oler la lluvia, al igual que se nota el flujo eléctrico sobre mi piel. Baja el aire de la montaña y choca con las nubes calurosas. Todo eso me produce dolor de cabeza. Veo pasar las horas de un día anodino, a la espera de acontecimientos que no terminan de atrapar, ya no hay nada ni nadie que me atropelle. ¿Dónde quedaron los choques frontales? Ahora solo hay mosquitos en el parabrisas. La risa amarga del borracho retumba en el patio de luces donde mi ropa tendida hace de bandera y los viejos tiran las colillas para que sus señoras no les digan nada. Aunque ellas callen, aunque ellas lo sepan todo. Riman mis dedos con tus pasos, pero de manera asonante, acompañado musicalmente por las canaletas que llevan el agua sucia de todos los servicios del vecindario. Estoy en pleno delirio de nube torrencial, pero nada frena las palabras, ni si quiera la pena de un instante roto por algún verso perdido rebotando en mi cabeza. Llueve sobre mojado y debería destender la ropa, pero me gusta que siga su curso. Hay gatos que trepan hasta la antena más alta para esnifar polvo de estrellas. Ahora me duele el cuello de tanto mirar al cielo. Caen las primeras gotas de lo que será un buen espectáculo de percusión sobre las chapas de acero de las chavolas de extrarradio. Cada uno en su sitio, con sus alegrías y tristezas, pero bajo la misma lluvia.

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